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Saliendo de dudas
Esto de llegar a la edad madura es una vaina de proporciones mayúsculas, y como ya he pasado las dos barreras del sonido, la de los 40 y la de los 50, de aquí para delante todo es cuesta abajo con una cantidad de piedras en la bajada que para qué te cuento, cosa más horrible de la vida, chico. Hará dos meses fui donde mi doctor, para que me hiciera el llamado examen anual durante el cual, aparte de determinar que mi próstata está O.K. -lo que ya se sabe es un procedimiento, por decir lo menos, bochornoso-, me tomaron un electrocardiograma. Con el gráfico del electrocardiograma en la mano, mi médico, a quien llamaremos Dr.
Miyonarius Shazamán para mantenerlo en el anonimato, se sienta frente a mí y comienza a mirar alternativamente al electro y a mí, a mí y al electro, al electro y a mí, mirando al electro con cara de preocupado y mirándome a mí con cara de candelejón, hasta que me empiezo realmente a preocupar.
- ¿Algo malo, doctor?
- ¡Hummm....yeah¡ - musita Shazamán, lo cual me deja más en pindinga que momentos antes. Miro al doctor, que empieza a buscar frenéticamente entre los papeles que hay en mi archivo. Mi corazón empieza a latir con fuerza, mientras mi cerebro está enviando chorros de adrenalina, ante la esquiva actitud de él, que no se anima a decirme qué miércoles es lo que está viendo en el electrocardiograma.
- Bueno, bueno - se arranca finalmente -, ¿ves esta curvita para abajo? - pregunta señalando una hendidura en el gráfico que se repite por todas partes -. ¿Te acuerdas si la tenías el año pasado?
- No, doctor, no recuerdo ni lo que he comido ayer, menos aún las rayitas de mi electrocardiog... - contesto en estado peripatético, pensando que la curvita se ve hodible, hodible.
- Ah...acá está tu electro del año pasado....ujúh...acá está otra vez la misma curvita, o sea que sí la tenías hace un año... ajá...
- ¿Así, que cuál es el problema, doctor?
- Bueno - me dice mirándome con cara de carnero degollado - puede no ser nada, pero también puede ser...¿tú te has estado sintiendo bien? ¿ningún dolorcito en el pecho?
- Puede ser ¿qué, doctor? - siento mis latidos en las sienes.
- Bueno, puede no ser nada, pero puede ser que hayas tenido un ataque al corazón mudo.
- Mi corazón no es mudo - protesto.
- No seas burro. El mudo es el ataque al corazón.
Agradezco la aclaración.
- Mira, Uilermo -así me llama el doctor Shazamán-, no creo que sea nada pero esta curvita que va para abajo en tu electro, generalmente debe ir para arriba, así que, por las dudas te voy a enviar a que te tomes un "heart stress test" (examen a ver si el corazón se te revienta).
- O.K. - contesto resignado y asustado, pensando que ojalá que lo que pase es que el mongo esté mirando el electrocardiograma de cabeza, pero no.
Así fue que, a la semana, me encontraba yendo tempranito al examen del corazón. Como había leído todas las instrucciones, me había provisto de mi mejor ropa de deporte, la que incluye:
a) un pantalón de buzo, con sus consiguientes roturitas, propias del uso extenso en labores de jardinería y deportes afines, y
b) un calzoncillo talla 32 de cuando yo tenía 28 años, que me queda bien entallado.
c) la única camiseta sin huecos que tengo.
Una enfermera, con aspecto de veterinario de hipódromo, me hizo sentar y me enseñó una inyección que parecía como para caballo de carrera, y un formulario. Me explicó que, antes de ponerme la inyección, yo tenía que firmar el formulario. El papel decía que yo aceptaba que si me moría por la inyección para iluminar el corazón que me iban a poner, la gente que me la iba a poner no tenía ninguna responsabilidad. La mujer me explicó que solamente un paciente de cada cien mil, se moría con la inyección, así que, una vez enterado de tan reconfortante estadística, acepté que me inyectara. Ya echado en la camilla me pusieron un maquinón a unos veinte centímetros del pecho, que consiste de una caja de fierro sostenida por un brazo del mismo metal al costado de la camilla. La cajita circula por encima del pecho de uno con gran lentitud.
- Esto va a tomar unos veinte minutos. No se mueva, no respire - me sonrió la enfermera, antes de desaparecer.
Este momento debe aprovecharlo uno para meditar sobre aspectos fundamentales de la vida. Sin embargo, debo confesar que lo desperdicié tratando de determinar si las esquinas del techo eran verdaderos ángulos rectos. Esto es una verdadera pérdida de tiempo ya que, como bien sabemos todos los que hemos estado en Canadá más de una semana, no hay una sola pared derecha en este país.
Pasaron los veinte minutos y más hasta que finalmente regresó la enfermera.
- Pase por acá y quítese solamente la parte de arriba de la ropa - me indica - y en cuanto termine, pase al salón de allá y pregunté por Beth.
Efectivamente, me deshice de mi camiseta de Star Wars, dejando al descubierto mi no muy velludo pecho y unos cuantos rollos que he ido adquiriendo con el paso de los años y de los tibouns, con los que me he alimentado en este país bendecido por la mano de Dios.
- ¿Bet? - le pregunto a una rubia con cara de pocos amigos que se encuentra frente a un computador y al costado de una máquina de esas para caminar.
- Bueno -, contesta la muchachita - no es precisamente "Bet", sino "Beth", pero está bien - me dice enseñándome la lengua entre los dientes, mientras maldigo al tarado del inglés que inventó el sonido "th", tan difícil de pronunciar para los latinos y tan fácil para los españoles, que lo pronuncian, pues hombre, como una zeta-. Súbase al "treadmill".
El "treadmill" (rueda de andar) es una máquina que para algunos sirve para caminar en el mismo sitio sin salir a la calle y que para la mayoría de nosotros sirve para colgar ropa, hasta que se lo vendemos a otra víctima. Me subo entusiasta. Viene Beth con una cantidad increíble de alambres con unos chupones grandotes, los que procede a untar en algo gelatinoso y a colocar por todas partes de mi tórax hasta que quedo totalmente lleno de cordones y alambres de varios colores que se unen en una central que corre por dentro del treadmill hasta ir a dar, me imagino, al computador de Beth, quien se acerca con un formulario.
El papel decía que yo aceptaba que si me moría por caminar en el "treadmill", la gente que estaba hasta cien metros a mi alrededor en ese momento, no tenían absolutamente ninguna responsabilidad. La mujer me explicó que solamente un paciente de cada mil, se le había muerto en el proceso. Firmé.
- Bueno, usted va a comenzar a caminar en cuanto prenda la máquina, la velocidad va a ir aumentando y aumentando y aumentando. Después le vamos a ir inclinando el "treadmill" hacia arriba para que parezca que está subiendo una montaña y de ahí, seguro que se va a sentir muy cansado, muy cansado...
- La verdad -, interrumpí jadeando- de escucharla nomás, ya me cansé...
- Cuando se sienta que ya no da más, que tiene el corazón a la altura de la garganta, me avisa, pero me tiene que avisar un minuto exacto antes de parar...¿entiende? - me responde el témpano de hielo con uniforme de enfermera.
- O.K. - contesté en el momento en que la máquina se echó a andar silenciosa.
Empecé a caminar con la agilidad felina que me caracteriza, o sea como un gato gordo. Al comienzo todo iba bien, pudiendo yo ver en el computador en vivo y en directo los dibujitos que hacía mi corazón.
Efectivamente, la velocidad empezó a aumentar y aumentar y aumentar, así que de repente me encontré a pasito apurado, como cuando uno está que se muere de ganas de ir a un baño que está a cinco cuadras y no hay posibilidad de encontrar un miserable arbolito ni un muro discreto en el camino. Iba en mi pasito apurado, tratando de aparentar que no estaba muy cansado, cuando de repente entró un individuo vestido como doctor, pero con una edad que venía de hacer su primera comunión.
- "Hi!" - dijo el joven doctor.
- !Jai¡ - respondí a duras penas.
El doctor puso las patazas sobre otra silla y se dedicó a interrogarme, mientras yo boqueaba con la velocidad que le empezaron a imprimir a la máquina. Que cómo se llama. que qué edad tiene, qué cuál es exacta la fecha de nacimiento, que si algún pariente se murió de ataque al corazón, o de una embolia, que como se siente, que de qué equipo de hockey es hincha, que si cree en la inmortalidad del cangrejo.
- Y, ¿qué hace usted aquí?
- Mi doctor..Shazamán... Shazamán..., me ha enviado.
- Ah, es que su corazón está como se pide el chumbeque (su corazón está perfecto) - contestó el imberbe, desapareciendo por la misma puerta por donde vino y con el mismo nivel de cortesía, o sea cero.
La máquina empezó a agarrar gran velocidad.
- Ya... no...puedo,..... más.....- dije en castellano.
- ¿Uh? - replicó Beth haciéndose la candelejona.
- "STOP THE FRIEGHEN MASHINE!!!!"( ¡Detengan la maldita, estúpida y endiablada máquina!!!!) - le grité en el mejor inglés que me permitían mis jadeos.
Finalmente, Beth - a quien desde ese día incluyo en mis oraciones junto a mi instructor de esquí- detuvo el demoníaco artefacto.
A los tres días fui a visitar al doctor Shazamán, quien, "surprise, surprise" (sorpresa, sorpresa), - ni se acordaba para qué me había enviado al cardiólogo. Ahora sé que, aparte del problema del colesterol alto, mi corazón está como cuetón (en perfecto estado).
Me despedí del doctor Shazamán agradeciéndole por todo.
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Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com
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