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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
¡Ajame a Enua e Ají, Adajo!!!
Publicado: 23/Feb/2004
Después de haber explorado otras formas de subir las colinas nevadas para hacer "downhill skiing", La Salsa de la Vida termina hoy esta educativa serie sobre el tema. Por los anteriores artículos, sabes que la finalidad del "downhill skiing", es bajar las colinas de nieve en esquís. Pero para poder bajar, primero hay que subir. En mi primer y único día de "downhill", después de mis batallas campales contra las T invertidas y la imposibilidad de poderme parar del suelo por mis propios medios, llegué finalmente al sitio donde se sube uno a las "chairlifts", las sillas voladoras que me llevarían a la cúspide de la colina. Respiré hondo al verlas pasar sin parar.
- ¿No paran las sillas para subir? ¿Cómo hace uno para treparse con todo este equipo? - le pregunté asustado a mi entrenador, Ed.

- Nou ti lou preocupastei, Llarmou. "You're going to be just fine" - me dijo sonriendo Ed, a quien desde ese momento, y por muy canadiense que sea, no le creo ni lo que come.- Tienis tú que hacerla como lou hacen lous demás. ¡Suertei!
Los demás, quienes seguramente habían hecho esto muchas veces, esperaban delante de las sillas dándole la espalda a estas, de tal manera que cuando ellas se acercaban a un par de centímetros, lo único que tenían que hacer era sentarse y de ahí hacía arriba lo más campantes. "¡Si estos gringos pueden hacerlo, yo también puedo!" me dije, en una mezcla de orgullo varonil y latino a la vez.

Me puse a esperar que viniera la silla, con mis esquís alineados y los palitos en una mano. La sentada fue fácil, tengo que admitir. Lo que no me gustó es que Ed se quedó abajo con una sonrisa misteriosa, mientras yo subía hacia el punto más alto de la colina. Las sillas suben lentamente, con los esquiadores un poco aburridos, sobre todo los que van solos, como era mi caso. No sabiendo en qué entretenerme, me puse a observar con detenimiento todos los fierros que estaban a mi alrededor. Me acordé, mientras subía, de una advertencia que me habían hecho unos meses antes, cuando recién había llegado a Canadá: No vayas a poner tu lengua en ningún poste helado porque se te puede quedar pegada. "¿Qué principio físico -pensaba yo mientras abajo pasaban los pinitos solitarios en la nevada inmensidad - hace que la lengua se pueda quedar pegada a un poste congelado?" No encontré ninguno. Piensa y piensa, llegué a la conclusión que se trataba de una broma. Seguro estos idiotas se estarán riendo de mí, al darse cuenta que he creído semejante tontería. Los postecitos de fierro que formaban la armazón que sujetaba la silla a la gran polea ¡se veían tan invitadores! A lo lejos, divisaba la figura de Ed, chiquitita, mientras continuaba mi silencioso ascenso.

No sé en que momento me decidí. La cosa es que, en menos de lo que me demoro en contarlo, ya me encontraba sentado colina arriba, con mis esquís muy bien puestos, mi gorrito de lana en la cabeza, los palitos en la mano izquierda y mi lengua completamente pegada al poste que tenía a mi derecha. ¡Era cierto! En temperaturas tan bajas, si uno pone la lengua en un poste congelado, efectivamente se pega! ¡Duro, duro se pega! La sensación es muy desagradable ya que uno sabe que si jala mucho se le puede quedar un pedazo de lengua en el esfuerzo. Además, era algo increíblemente incómodo estar sentado a tantos metros de altura subiendo una colina con la lengua pegadísima al poste. "Pero si seré estúpido", pensé - "Y ahora ¿qué hago?" De reojo podía ver que nos acercábamos a la cumbre y que los que habían estado en la silla, saltaban quedando en la parte alta. Sabiendo que el aparato este no se detiene por nada ni nadie, y ante el temor de deslenguarme, decidí quedarme en la silla, hasta que se me ocurriera como salir de esta situación. Es curioso como en esos momentos uno se acuerda de las cosas y las personas más increíbles. Por ejemplo yo me acordaba del Oficial de Inmigración canadiense que aprobó mi visa de residente en Lima.
- Las deportes de la invierna tú vas a gustarlous -me había dicho el gringo de anteojitos, con una sonrisa que ahora recordaba burlona.
Las sillas continuaron su vuelta y esta vez me encontraba en descenso solito, mientras que los del frente que iban de subida se reían calladamente de mi dilema. Busqué en mi casaca a ver si encontraba un encendedor con qué calentar el poste a ver si así se facilitaba el despegue. Lo encontré, pero en cosa de tres segundos fue a dar a la nieve sin que lo pudiera utilizar como fósforo oxiacetilénico. Seguíamos bajando, así que me pareció distinguir, de reojo por supuesto, la figura de mi entrenador, Ed, quien todavía estaba ahí. Efectivamente, bajé la barra de fierro para que se pudiera subir a la silla conmigo, cosa que hizo con felina agilidad.
- Llarmou (que es Guillermo en canadiense) ¿Porqueí tú poniendou la lengua en la fierrou? - preguntó Ed, mientras yo me acordaba de su familia, en especial de su mamita.

- ¡Ajame a enua e ají, adajo!!! - grité, queriendo realmente decir "¡Sácame la lengua de aquí, carambas!!!".
Seguro que entendió ya que jalando, jalando, en movimientos muy dolorosos, al fin, de un fuerte tirón, mi lengua o lo que quedó de ella, se separó del poste congelado. El dolor fue furioso. Volteé a mirar a Ed, con quien no era la cosa.
- Ahora, la bayamos juntous. La colinou. - sonrió.
Llegamos al tope y saltamos al unísono, yendo él a pararse elegantemente en un pequeño montículo un poco más abajo, mientras que yo, continuando mi actuación fenomenal, fui a dar como una churreta al costado de unas turistas nórdicas que estaban más buenas que el pan. Una de ellas, con una cara de Inga tremenda, me ayudó a levantarme, tendiéndome la mano como si yo fuera un leproso, lo cual no estaba muy lejos de reflejar mi estado emocional. Una vez de pie, recién miré por donde iba a bajar, lanzando el famoso grito latino "¡Uyuyui!", palabra que gritan todos los que bajan por primera vez la colina de miércoles esta, al ver el gran declive lleno de desniveles, árboles y otros obstáculos, por los que uno tiene que pasar, a gran velocidad y sin tocarlos.
- Yo por aquí no bajo, Ed. - declaré lo más relajado que pude.

- No hay otrou "way" - replicó Ed sonriente. - Tú non te lo preocupes. "You are going to do just fine". ¡Sígamelou!
Asi fue. Lo seguí. A decir verdad la bajada fue suave. Por lo menos hasta que me equivoqué de camino y salté por los aires en brillante estilo.
- "¡Por ahí nou, carajou! - fue lo último que creo haberle escuchado gritar a Ed.
En fin, todavía estoy acá, completito. En mi lista de deportes favoritos, el "downhill skiing" definitivamente no está entre los veinte primeros.




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Artículos anteriores:

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