Ya llegó el condenado frío. Y solo de pensar en las toneladas de ropa que uno se tiene que poner encima para salir a la calle, ya me comienzo a fastidiar. Pararse en las mañanas a esperar un ómnibus en la intemperie es toda una experiencia. Uno se viste con sus "long-johns" (calzoncillos largos), su camiseta gruesa, camisa, corbata, pantalón, saco, guantes, abrigo, la bufanda que debe ir encima del abrigo para que agarre pescuezo y boca a la vez, el ridiculísimo gorrito de lana que hace que uno parezca un retrasado mental y las botas de invierno. Ponerse todo esto ya va tomando sus buenos quince minutos. Y recién entonces salir a la calle. Sale uno y fijo que tiene que regresar al ratito para ponerse los otros guantes, los más gruesos, porque los que nos pusimos primero no son suficientes. Si uno tiene mala suerte, seguro que después de todo este preparativo le provoca ir al baño, con lo cual hay que quitarse toda esta indumentaria, pero rápido, sino queremos tener un accidente, como le llaman.
Del frío, lo que más preocupa es el tal "frostbite". Según el diccionario esto se traduce como "congelación", pero a mí me suena literalmente como "la mordida congelada". Me explicaron, en mi época de ignorancia supina de las variedades del invierno canadiense, que el "frostbite" consistía en que a la gente que no se abrigaba bien alguna parte del cuerpo, el frío intenso le congelaba la piel, la sangre y los músculos respectivos, y dicha parte se le iba a poner primero morada ¡para luego caerse! Dije yo, esto es horrible, esto no es justo. Esto no me lo advirtió el oficial de inmigración en la entrevista. Que si yo lo sé, lo pensaba dos veces antes de venir acá, a este clima tan cruelmente increíble. No lo podía creer, hasta que me enteré por los diarios y por otras personas, incluso mi "family doctor" (médico de familia) al que fui corriendo a preguntarle, y quien me confirmó que, lamentablemente, todo esto era la pura verdad.
El caso más común es el de las orejas que se caen. Esto que puede parecer horripilante en otras latitudes, es algo más o menos normal por aquí. Efectivamente, al no usar orejeras, el apéndice auricular se comienza a poner primero azul moradito, luego negrito y después, ¡paf! al suelo. Debe ser terrible ir caminando y de repente encontrarse uno con su propia oreja en el piso. ¡Señor!. ¿A qué país hemos venido a dar, por Dios?. Al parecer, muchos torontonianos que no se cuidan sus orejitas las pierden momentáneamente. Digo momentáneamente porque luego el doctor se las puede volver a poner en su sitio mediante algún procedimiento quirúrgico, me imagino combinado con un poco de "Crazy Glue", un pegamento milagroso del cual me ocuparé extensamente algún día. Si uno observa con cuidado, notará a mucha gente en Toronto con una oreja un poco más arriba que la otra, debido a algún pequeño error en la operación. Incluso, he visto alguien con dos orejas al mismo lado de la cara, listo para demandar al distraído galeno. Claro, que por ese lado de la cara, el tipo escucha fantástico. Pero ese no es el punto.
Esto de que a uno se le pueda caer la oreja, da temor en sí. Pero hay otras partes de la anatomía masculina que a mí me preocupan muchísimo más. Lo que es yo, desde que escuché la teoría del "frostbite", no dejo de usar calzoncillo triple en invierno. Por supuesto. Con estas cosas no se juega, no señor. Imagínese el lector que, en vez de la oreja, sea esa otra parte tan importante la que se le congele Y luego, peor aún, ¡que se le desprenda, cual hoja seca en el otoño! Porque ¿a quien diablos le importa si la oreja le queda a uno floja, o mal alieneada? Total, con eso se puede vivir. Pero esta otra parte de la que estoy hablando, ya no quedaría bien, nunca más, Never in di laif. Claro que la vuelven a pegar al cuerpo humano, pero no creo que quede igual Y si, en plena acción, se desprende de nuevo ¿Qué hacemos?
- Amorcito, disculpa, pero creo que allí te has quedado adentro con ya tú sabes qué, que se me ha vuelto a salir. ¿Me la podrías devolver? Me siento raro así. Es como si hubiera perdido parte de mi personalidad.
- Oye, ¿Me la podrías dejar? - me contestaría mi señora, que cada día me asusta más con sus ideas progresistas. - Total, te estás yendo de viaje mañana y no la vas a necesitar. Así no me siento tan sola, y está garantizado que tú te vas a portar bien. Ja, ja, ja.
Ni hablar del peluquín. Triple calzoncillo es la solución, para evitar esto. Esto a mí no me da ninguna risa. La nieve, el hielo negro, el granizo y todas las otras maldiciones gitanas del invierno son un juego de niños al lado del famoso "frostbite". ¡Compañeros de frío, abriguémonos apropiadamente!
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