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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Por la cola se les conoce
Llegamos a Montreal un día antes del concierto de Eva Ayllón. Montreal es una ciudad que, hace unos años, no había sido particularmente amistosa con nosotros, pero, como Eva no se presentó en Toronto, nos dimos el salto para allá. El concierto se iniciaría a las ocho y media de la noche, hora canadiense, pero lamentablemente las entradas al Spectrum no eran numeradas. Cuando unos días antes hablé con Esther, la señora que representaba a los promotores, me dijo:
  - Mejor vaya temprano, golpe de siete, para que encuentre buen sitio.

A estas alturas, el lector ya se habrá dado cuenta que yo estaba yendo al evento, no como periodista -pese a la entrevista que salió publicada en este mismo medio y en El Popular del 16 de agosto, y pese a haber sido el primer periodista en Canadá en 1995 a quien Eva le concedió una entrevista-, sino en mi condición de hijo de vecino, o sea como cualquiera que estaba yendo con la suya. Pensé que formar parte de la sufrida masa de espectadores comunes, me daría una perspectiva interesante del concierto, y así fue.

Nos fuimos golpe de una de la tarde al centro de Montreal para, con calma, cuadrar el carro en un buen sitio, almorzar algo y hacer un poco de turismo. Muy cerca del Spectrum almorzamos rico. En Quebec hay un plato que es la especialidad de la provincia. Se llama "poutine", y se pronuncia "putín". Tanto mi hija como mi señora y este pechito nos comimos un putín cada uno. Luego nos dimos una vuelta por la Basílica de Notre Dame (Nuestra Señora) que es inmensa y fabulosa. De ahí al Museo de Arte Contemporáneo que está a un par de cuadras del Spectrum. Luego de esta experiencia en el museo, que puede ser chocante para los espíritus más sensibles, nos fuimos caminando hacia el automóvil para dejar unas cosas. Serían las cinco y cuarto de la tarde.

  - Creo que esa cola es para Eva - me dice mi señora señalando hacia la puerta del teatro.
  - Imposible - contesté-. Son recién las cinco y cuarto ¡y el concierto es a las ocho y media!

Pero claro, cuando no hay entradas numeradas es una vaina llegar a las siete y encontrar que para ver a Eva vas a necesitar un telescopio nuclear, así que un grupo de fanáticos ya estaba ahí.

Nos pusimos en la cola inmediatamente. Habría unas treinta personas delante de nosotros. La línea de gente estaba en plena vereda, paralela a y cerca de la pista, dejando sitio para que pasaran los peatones entre la cola y la pared. Cinco y media, un cuarto para las seis, la cola empezó a crecer y a crecer. Menos mal que un señor muy conversador, Victorio, me metió letra, así que durante las dos horas que estuvimos en el sol y el calor del verano de Montreal, pudimos conversar de los temas favoritos de los peruanos: el fútbol, chistes sobre Toledo, la situación política, la Hermandad del Señor de los Milagros y la mujer peruana. El asunto es que en esas dos horas pudimos observar cómo se iba incrementando la cola, no solamente detrás sino delante de nosotros. Como los boludos, perdón, los empleados del Spectrum no saben lo que son los latinos para hacer colas, no establecieron unos cordones para que la gente estuviera de dos en fondo, de tal forma que los grandes conchudos y conchudas de siempre no fueran llegando tarde y buscando entre todas las caras de los que estaban al comienzo de la cola, algún candelejón a quien conocieran de vista para abrazarlo y saludarlo como si fuera pariente, pretendiendo hacer creer al resto de los sufridos que estábamos ahí por horas, que habían venido juntos. O que les estaban "guardando el sitio".

Como no hay peruanos tan idiotas, empezaron las protestas, los gritos que no había escuchado en años:

  - ¡A la cola, a la cola!
  - ¡Esa conchuda, la de rojo, que se vaya pa'trás!
  - ¡Va a llover, conchesumai!

O sea un ambiente lindo y festivo, mientras los montrealenses pasaban por nuestro lado mirándonos con su acostumbrada cara de asco, como diciendo:
  - ¿De qué mundé han salidé estos ignorantés?.

Patético.

Algunos se querían meter al teatro, poniéndose no al comienzo de la cola sino ya sentándose en un sitio preferencial. Claro, para esto "hay que conocer a alguien", solución favorita de los que no tienen respeto alguno por el resto de los mortales. Hemos visto como la cola que a las cinco y cuarto de la tarde tendría treinta personas delante nuestro, llegó a tener unas ciento veinte, ciento treinta personas, a las siete de la noche. Hasta la pista llegaba la cosa. Uno de los amargos que estaba cerca de mí, le increpó -con justa razón- a una de las que se había zampado pretendiendo ser amiga de un individuo que aparentemente es dueño de un restaurante, contribuyendo de esta forma al ambiente caótico, vernacular que algunos latinos no podemos superar. La cabra tira p'al monte y no importan los años viviendo acá, muchos siguen igualitos a como vinieron, en cuanto tienen la oportunidad de lucir su "viveza" tercermundista. Un poco después de las siete abrieron las puertas y tuvimos la suerte, luego de que mi señora se peleara a jalones con una chilena que quería acaparar tres mesas, de sentarnos en un sitio bastante bueno. El sitio nos lo había sugerido durante nuestra larga y cálida espera, el amigo Victorio.

El concierto, fabuloso. El público, el más entusiasmado y entonado del mundo. Eva, genial, ojalá que gane el Grammy. Alguna gente latina de Montreal haciendo cola para entrar al teatro dio vergüenza.

* * *



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