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La salsa de la vida
por Guillermo Rose

Los riesgos de pedir el salero

Cuando uno está de enamorado, en esa etapa de la vida en que nos sentimos inmortales, andamos con una flexibilidad en el cuerpo que ahora me parece envidiable y que en esa época era de lo más normal. Ardientes, apasionados los jóvenes no pueden perder tiempo, así que ¡zuácate! en cualquier sitio, a cualquier hora y, lo más increíble en cualquier lugar, las parejitas de enamorados de veinte o veintún años de edad, tienen sus primeros encuentros cercanos del primer tipo. No hay lugar, por incómodo que parezca, que sea obstáculo para la realización apasionada y violenta de estos encuentros.

Conozco una pareja de amigos que de enamorados estuvieron a punto de abrirle un "sun roof" al Volkswagen de él, un carrito tan pequeño que cualquier apasionamiento terminaba generalmente con golpes a las puertas, el timón, la palanca de cambios y, en ocasiones más apasionadas al techo. Cosa más grande de la vida, chico. ¡Qué foreplay, ni foreplay! El foreplay consistía en cuadrar bien el carro en algún lugar estratégico y seguro, y nada más apagando el motor ya se acababan los prolegómenos. Aparte de la flexibilidad juvenil y la falta de peso, también teníamos una insaciable curiosidad, llamémosla así. Y la curiosidad esta nos llevaba a una frecuencia de encuentros promedio de cuatro al día. Y seguíamos curiosos al día siguiente, conociéndonos, pues.

Pero mentalmente también cambia uno. Cuando regresamos de Buenos Aires tras disfrutar nuestra luna de miel, mi joven señora me cuadró, en un momento muy inesperado.

- Bebe, pásame la sal - le dije para sazonar un poco uno de sus inventos culinarios.
- Acá está, amorcito - me alcanzó el salerito -. Sabes que he estado pensando...
- ¿Pensando, mi amor? Y ¿se puede saber en qué ha estado pensando mi cuchi cuchi?
- Bueno, Johnny, quería decirte que si me sacas la vuelta...
- ¿Pero de qué hablas? Yo te soy fiel, ¡soy un santo varón, casi!
- Déjame terminar. He estado pensando que si me sacas la vuelta, te dejo solo y me voy a vivir a la casa de mi mamá. Me regreso a La Punta.

La Punta, para los que no son ni limeños ni chalacos, es un lugar muy lindo, un cayo que es parte de la Provincia Constitucional del Callao, muy cerquita de Lima. Un sitio primoroso, diferente, donde la gente disfruta del mar a sus anchas, de la seguridad de un malecón, de conocer a todo el mundo, mientras vive en una pequeña ciudad con un verano de sueño. Mi señora se crío y creció en La Punta, así que de ahí lo del regreso. Al casarnos nos fuimos a la gran ciudad, al barrio de Jesús María, muy distinto a La Punta por cierto.

- Pero protesto - le dije molesto - ¿a qué viene esa advertencia?
- Nada, que creo que eres un coquetón. Te digo porsiaca, nomás.
Y luego, pasados diez años, dos hijos y tres trabajos más tarde, nos encontramos sentados en un restaurante criollo.
- Amor, pásame la sal - le dije mientras miraba mi ceviche con embeleso.
- Acá está, amorcito - me alcanzó el salero -. Sabes que he estado pensando...
- ¿Pensando? ¿sobre qué?
- Johnny, quería decirte que si me sacas la vuelta...
- ¿Otra vez? ¡Ya te he dicho que no debes pensar en esas tonterías...!
- Déjame terminar. He estado pensando que si me sacas la vuelta, ya no me voy.
- Ah ¿no? ¿Qué harías ahora?
- Ahora me quedo en la casa, te saco la vuelta también y te hago la vida tan miserable por el resto de tus días que te vas arrepentir de haber nacido, amor.

Eso es algo que no puedo entender. Esa facilidad que tiene mi esposa, la Bebe Canuvian, para conjugar la palabra "amor" y "amorcito" con las maldiciones gitanas más potentes del mundo. Hace un par de años, después de haber cumplido nuestras Bodas de Plata, cometí el mismo error de siempre. Estábamos comiendo en casa de unos amigos que gentilmente nos habían invitado un sábado por la noche.

- Amor, pásame la sal - le dije mientras nuestra anfitriona se sentaba junto a su esposo.
- Alcánzatela tú - dijo con calma -. Sabes...he estado pensando...
- ¡Oh no! Ya te he dicho que no pienses - traté de bromear, sabiendo lo que venía.
- Johnny, quería decirte que si me sacas la vuelta...
- Amor, a nuestros amigos acá no les interesa esta conversación privada. ¿Podemos hablar en la casa?
- Ni hablar - replicó Olga, nuestra anfitriona- Esta conversación está muy interesante. Sigue, Bebe - acotó con rapidez mientras su esposo me miraba con cara de comprensivo y asustado.
- He estado pensando que si me sacas la vuelta, ni me voy, ni me quedo para hacerte la vida imposible.
- Ah ¡Qué bueno! Y ¿Entonces?
- Bueno, amor, quería decirte que si se te ocurre sacarme la vuelta, te mato.
- ¡No lo puedo creer! Tú sí que estás mal del coco - repliqué en el tono más natural que pude, mirando a nuestros anfitriones. Carlos, el marido de Olga, no quitaba los ojos del plato de tallarines verdes - ¿no les parece? - volví a mirarlos buscando desesperado apoyo.
- La verdad - dijo Olga con calma, mientras gentilmente me alcanzaba el salero - no me parece. Yo a éste ya le he dicho lo mismo.

Como que me llamo Johnny Canuvian que lo que es ni más vuelvo a mencionar la palabra "salero" delante de mi mujer.

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