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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Publicado: 04/Ene/2008


Un lindo viaje
Capítulo 2
El Oasis y el ultimátum de la Bebe

Desde Toronto ya estaba coordinada la reunión con los muchachos de la promo. Claro, esto de ‘muchachos’ es un decir nomás ya que de la promoción, hay varios que lamentablemente ya se han ido al más allá, y el más chiquillo de la promo es médico, el Doctor Paco, que ahorita cumple 59 años. La mayoría de los muchachos de la promo nacieron en el año 1946, año, cerquita pues del año de Ñangué, que ya se sabe es diez años antes del año de la Quema, el cual tampoco sabemos cuando fue, aunque sí estamos seguros de una cosa: ocurrió hace un huevo de años.

A lo que voy es que los muchachos de la promo o ya son sesentones o están por serlo dentro de poco.

Hace unos años me encontré de la pura casualidad en el aeropuerto de Miami, ese que tiene a todos los hijos de Desi Arnaz hablando por los parlantes, con el Doctor Paco. Estaba esperando mi vuelo a Toronto sentadito, pensando en las musarañas, que no son otra cosa que unas ratitas de mierda que se la pasan comiendo gusanos bajo tierra. En eso, veo una figura familiar pero que no reconocí y que se acercaba a mí a gran velocidad con una sonrisa de oreja a oreja. Era el doctor Paco, quien sí me había reconocido y con el que intercambiamos los “Estás igualito” de rigor, Luego estuvimos en contacto a través de la Internet, esporádicamente por mucho tiempo, él desde Denver, yo desde Toronto. El doctor Paco tuvo la feliz iniciativa de ubicar y juntar a un montón de los muchachos de la promo en una lista por Internet, también armó una página web de la promo y, chuculún, el resultado es que ahora un grupo de los de la promo se reúnen a chupar, y también a hablar del gobierno y de la penosa selección peruana de fútbol, todas las semanas en la casa del Camello, lugar al que, correspondiendo a la calidad de su rumiante propietario, se le conoce como “El Oasis”.

Ya había quedado con el Gringo Pepe, uno de los muchachos más populares de la promo, desde antes de viajar a Lima que el jueves 8 de noviembre, él pasaría por mí para irnos juntos al Oasis.

La promo hace dos tipos de reuniones, las más comunes, las de los jueves en que van solos los de la promo, y otras, en las que hay algún agasajado que va a ir con su esposa, entonces los de la promo llevan a sus esposas, a las que llaman, jocosa y cariñosamente, claro, “Las brujas”. Esta vez la reunión sería sin brujas.

Como la reunión borrachódroma se realizaría el día anterior al martirmonio -y el martirmonio de la sobrina de la Bebe Canuvian, mi propia bruja, era el motivo sine cua non del viaje-, la Bebe me advirtió desde que estábamos en el avión volando a Lima, cuatro días antes, en el silencio de la madrugada:

- Bueno, espero que te cuides mucho cuando estés con tus amigos de la promoción la noche que vas a ir.

- ¿Qué me cuide de qué?

- De tomar tanto, ya sabes que al tercer whisky ya te pones verde, y vas a estar enfermo para el día del matrimonio, que es el viernes, y ahí sí que no sé qué va a pasar porque lo que es yo, no pienso ir sola al matrimonio, para eso hemos venido los dos juntos, y con todos los borrachines de tus amigos, que a ellos, claro, qué les importa porque ellos no son los que tienen el matrimonio al día siguiente, ni han volado horas de horas de horas, ni van a tener que pasar por el Callao a las tres de la mañana del aeropuerto…

- Y ¿qué quieres qué haga? - pregunté molesto, mientras la atención de, creo yo, 125 de los pasajeros que estaban cerca a nosotros, andaba al máximo, ya que eran más de las dos de la mañana, la película ya se había acabado y medio avión no podía dormir.

- Nada, anda nomás, pero ya sabes que el matrimonio es al día siguiente -dijo la Bebe, mientras trataba de pararse para ir al baño, y al pararse volvió a agarrarse del espaldar del asiento de adelante y de la cara de la gorda que estaba sentada, ahí volviendo a despeinarla y a tirarle los anteojos al suelo (ver el Capítulo 1 - Por el Callao a la Hora del Diablo).

Llegó el jueves, la Bebe ya había arreglado con una de las chicas amigas de su infancia para ir a tomarse un tecito a la Pastelería San Antonio, dejándome el camino libre al Oasis del Camello.

Los muchachos de la promo, unos quince, que estaban ahí, ya habían iniciado la reunión ya que en la mesa del comedor, habrían unas doce botellas de whisky. El Gringo Pepe, menos mal, había llevado una botella de vino tinto.

Nos abrazamos, reconocí a varios a quienes había visto un par de años antes durante mi viaje anterior, pero por ejemplo tuve que esperar que el Gordo Silvio me dijera que él mismo era el Gordo Silvio, para reconocerlo.

- Johnny ¿Tú que vas a tomar? - me preguntó Tin.

- Yo, un vinito nomás - respondí acordándome del ultimátum.

Lejos estaba yo de sospechar que esa noche mis amigos me harían un homenaje especial.

Continuaremos en otro capítulo.


* * *




Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com

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